viernes, 14 de marzo de 2014

Lo que el alcohol nos robó: Responsabilidad y Conciencia Social.

Recientemente se ha hablado mucho sobre la legalización de las drogas, particularmente la mariguana, esto ha provocado gran controversia y polémica. Y aunque es un tema que debe ser abordado con urgencia, es un hecho que en México, no hemos demostrado estar listos siquiera para afrontar las consecuencias directas y/o indirectas del uso (y abuso) de sustancias legales, como el alcohol. 

Noé Alí Sánchez Navarro / @noesanz

A muchos les puede sonar a “cliché” o a condena social, pero si hay una sustancia que se ha convertido altamente adictiva y mortal, ya sea porque se encuentra al alcance de las mayorías o por la misma aprobación que tiene socialmente, es el alcohol en sus diferentes presentaciones.

Según la Encuesta Nacional de Adicciones, del 2008 al 2011, el consumo de alcohol se incrementó en un 10% a nivel nacional. Los datos arrojados por esta encuesta permiten visibilizar que el consumo de esta sustancia es el principal problema de adicción en nuestro país.

Además de este incremento, en los últimos años, el inicio de consumo de alcohol también descendió tanto en hombres como en mujeres, lo que significa que cada vez son más jóvenes aquellos que ingieren alcohol por primera vez. El promedio de edad de los varones es 16.62 años, mientras que en las mujeres es de 19 años.

Según la última Encuesta Nacional de Juventud, el consumo de alcohol entre los jóvenes se incrementó; y en la mayoría de los casos, debido a lo fácil de adquirir y a su bajo costo, éstos empiezan a ingerir bebidas alcohólicas antes de lo permitido por la ley, a pesar de las medidas existentes para evitarlo.

En México, la adicción al alcohol ha traído consigo un aumento considerable de males directos e indirectos, de los primeros, podemos destacar todos los padecimientos y enfermedades, mismos que en ocasiones conducen a la muerte; de los indirectos, los cuales podríamos catalogar como los daños colaterales del consumo, destacan los decesos a consecuencia de los accidentes viales.

Cada vez son más los casos donde la combinación del alcohol y el volante terminan por ser una mezcla mortal. Según CENAPRA, cada año mueren 24,000 personas en accidentes automovilísticos, y de ellos, el 60% son a causa del alcohol. No por nada los accidentes de tráfico se han convertido en una de las principales causas de muerte en el país.

Aunque los datos suenan aterradores, la realidad es que cada fin de semana este tipo de “accidentes” se siguen presentando sin dar señales de pronta disminución o mejora. Prevalecen los choques, los atropellos, las detenciones por manejar en estado de ebriedad, y demás incidentes; desgraciadamente, muchos de ellos teniendo a los jóvenes como protagonistas.

El ingerir alcohol ha dejado de ser una actividad exclusiva de los adultos, de hecho los jóvenes han construido nuevas formas y usos del alcohol: Inician a temprana edad; existen más mujeres como consumidoras; el alcohol guarda una relación estrecha con la diversión y el ocio;  y se combinan varias bebidas como sinónimo de exploración.

El consumo excesivo del alcohol ha terminado por ser visto sólo como un problema de salud pública, pero existen otros factores que se han convertido en enormes riesgos individuales y sociales: conductas violentas y/o agresivas, problemas familiares, actos delictivos, y la irresponsabilidad de conducir un automóvil en estado de ebriedad.

Aunque se han invertido millones de pesos en campañas de concientización para evitar que automovilistas conduzcan alcoholizados, es un hecho que éstas, han tenido muy pobres resultados, y no se trata de que estén bien o mal elaboradas o dirigidas, sino que socialmente hemos sido permisivos con el abuso del alcohol.

En muchas ocasiones, los mismos establecimientos que difunden este tipo de campañas, llámense bares, antros, restaurantes o licorerías, son los mismos que permiten que jóvenes menores de edad puedan adquirir o consumir bebidas alcohólicas sin ninguna objeción, esto, bajo la complacencia de las autoridades y de la misma sociedad.   

Programas gubernamentales como el “alcoholímetro”, tampoco han sido suficientes, aunque ciertamente hay personas que reconsideran conducir después de haber bebido, lo hacen movidos por el miedo a ser detenidos o por lo costosa que puede resultar la multa, pero desgraciadamente, no es por una cuestión de responsabilidad.

Otro elemento a considerar, es que en ocasiones, este tipo de “retenes viales” que buscan evitar que conductores ebrios expongan su vida y la de los demás, terminan por verse corrompidos por las mismas autoridades viales; y en otros casos, son suspendidos por fuertes intereses comerciales, ya que este tipo de actividades preventivas son vistas como un atentado en contra de los establecimientos nocturnos.

No se trata de ver el consumo del alcohol sólo desde la persecución y la prevención de accidentes, también es motivo de preocupación los usos y abusos que se están dando desde edades muy tempranas. Tanto nos debe alarmar un accidente como la vida de quien lo provoca.

Como sociedad, nos hemos relajado ante un problema silencioso, doloroso y con muchísimas aristas, los debates planteados en torno a las drogas ilícitas, han borrado del mapa la reflexión social sobre lo que el consumo del alcohol va dejando a su paso, desde la adicción hasta el consumo irresponsable.

No es una cuestión idealista, ni una exageración, tanto las consecuencias directas como las indirectas del consumo del alcohol, nos están arrebatando a miles de niños y jóvenes, desde los que beben a temprana edad y nadie les presta atención, hasta los que pierden su vida por conducir en estado de ebriedad o son embestidos por otro conductor en estas circunstancias.

Tanto mata el alcoholismo, como su uso irresponsable y la falta de conciencia social. Ésta última, nos pertenece a todos.


martes, 4 de marzo de 2014

Memoria


Estoy aquí, en la casa, a solas.
Aquí están los muebles, el aire, los ruidos.
Tengo un sentimiento tan transparente
como el vidrio de una ventana.
Es como la ventana en que miraba la nieve al amanecer,
hace muchos años, cuando era niño.,
y pegaba la cara contra el cristal y comprendía toda la vida.
Es un deseo en calma, como la tarde.
Es estar como están todas las cosas.
Tener mi sitio como todo lo que está en la casa.
Perdurar el tiempo que sea, como las cosas.
No ser más ni mejor que ellas.
Sólo ser, en medio de la mi vida,
parte del silencio de todas las cosas
.

Carlos Montemayor.  

viernes, 21 de febrero de 2014

De la ficción a la realidad: Los niños de la violencia.

Negar o esconder la violencia en México parece una tarea difícil, pero intentar hacerlo con los niños, es prácticamente imposible.

Noé Alí Sánchez Navarro / @noesanz
Los niños poseen una característica que siempre los distingue: La curiosidad. Ellos preguntan, indagan y buscan, sin ningún temor a lo que puedan encontrar. Pero también, son inocentes y vulnerables ante la maldad, la inseguridad y la violencia. 
Recuerdo que al inicio de la reciente crisis de violencia, muchos padres y maestros les contaban historias a los niños para evitar que fueran presas del miedo. Relatos que buscaban desviar su atención de los asesinatos que acaecían  diariamente y a unas cuantas calles de sus escuelas o casas.
En muchas escuelas, los niños tuvieron que aprender que, cuando escucharan el sonido de   balazos tenían que tirarse al suelo y no moverse bajo ningún motivo. También, tuvieron que ser testigos de compañeros de clases que jamás volvieran, y que desaparecieron sin dejar rastro; además de acostumbrarse (en algunos casos) a ver policías y hasta soldados, patrullar durante todo el día por sus calles.
Los niños han tenido que soportar la pérdida de un ser querido, alguien a quien dejaron de ver y que seguramente, la explicación que les dieron sobre su muerte o desaparición, fue fría y escueta, pero que indudablemente, y a su modo de ver la vida, ellos comprendieron.
Ellos entienden que en el México de hoy ese tipo de cosas suceden, lo saben porque ven armas largas en muchos lugares por donde ellos transitan (en el centro comercial, en el parque, en el barrio), lo saben porque lo ven en diferentes programas de televisión y además, lo saben porque les ha tocado presenciarlo, escucharlo y vivirlo. 
Sí, nuestros niños saben desde hace mucho que algo anda mal.
Quizás, podríamos pensar que en el mundo de los niños ese tipo de situaciones pasan a segundo término o desapercibidas, pero no es así, no sólo me refiero a que sean víctimas directas de la violencia para que esto afecte su desarrollo, el sólo hecho de convivir en un entorno así, está dejando una marca que puede ser imborrable.
Desde que los índices de inseguridad y violencia se incrementaron, los principales esfuerzos para contrarrestarlos han sido para combatirla de forma directa: Con igual o más violencia, lo que ha dado como resultado más errores que aciertos, es decir, mayor inseguridad, muerte e injusticia.
Precisamente, esos grandes errores son los que han dejado a miles de niños en total abandono familiar, material y emocional.  Aunque es difícil concretar una cifra exacta, se sabe que a raíz de la inseguridad, y no sólo me refiero a la guerra contra el narcotráfico, sino también a los secuestros, asaltos, extorsiones, ejecuciones, y otro tipo de crímenes, miles de niños han perdido a su padre o madre, y en algunos casos a ambos.
Son miles los infantes que han quedado desprotegidos y sin cuidado, porque muchos de ellos no cuentan con algún familiar que pueda hacerse cargo de ellos después de perder a sus padres, y en algunos casos o en la mayoría, el gobierno no cuenta con los espacios suficientes o personal capacitado para atender este tipo de situaciones. Son los huérfanos de la violencia.
A otros niños no les ha quedado más opción que el crimen, porque aunque nos duela reconocerlo y aceptarlo, es así, cada vez son más casos donde se encuentran a menores relacionados con el crimen, ¿Se acuerdan de “El Ponchis”?  Que a los 14 años confesó haber matado a cuatro personas y también haber participado en varios secuestros. Pues de eso estoy hablando, no como tema aislado y lejano, sino como contundente síntoma de un mal que avanza. Son los herederos de la violencia.
Hoy, cuando las autodefensas son un tema urgente en el país, y que sus causas y formas pueden verse desde diferentes ángulos, nos encontramos a menores de edad que han tenido que tomar las armas para defender lo suyo, a los suyos, y a ellos mismos. Son los hijos de la violencia.  
Los otros, desgraciadamente son las víctimas de la violencia, aquellos niños que sus sueños fueron interrumpidos a costa de la violencia social que predomina en los últimos años. De acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia (REDIM), de diciembre de 2006 a octubre del año pasado, fueron 1.837 los menores de edad que murieron a consecuencia del crimen organizado.
Allá vienen las próximas generaciones, aquellas que están creciendo a la sombra de la muerte, la injusticia y el abandono. Pueden decirme pesimista, pero la realidad es que hay miles de niños que se nos están quedando en el olvido mientras intentamos salvar al país. Es imposible que ante un panorama así, los niños no se den cuenta de lo que está pasando, pero lo que me parece más increíble es la indiferencia que existe ante esta situación.  
Décadas atrás, los juegos de policías y villanos, aquellos con pistolas y balas de goma, eran solamente eso: un juego. Hoy, es una realidad a la cual ya no se le puede inventar una historia: Son los niños de México.

viernes, 14 de febrero de 2014

Armas bajo la almohada: Las otras autodefensas

La prolongada y devastadora crisis de inseguridad y violencia que se vive en México ha generado que algunos sectores de la sociedad tomen las armas para defenderse de los criminales y que, otros tantos, justifiquen esta medida.
Noé Alí Sánchez Navarro / @noesanz

El nacimiento de las autodefensas en algunos estados del país no sólo representa el hartazgo y la ausencia de las autoridades en muchas regiones, también deja entrever que la violencia se ha convertido en el único camino para resolver conflictos.
La realidad reclama su lugar siempre. Poco pudo lograr el gobierno escondiendo una situación que era más que evidente: las cosas no han cambiado nada. Las redes del narcotráfico siguen envolviendo y marcando el ritmo del país, mientras que las estrategias por parte del gobierno para afrontarlo se reducen a discursos.
La situación que vive Michoacán representa el México que muchos se niegan a reconocer, donde, independientemente de la presencia de las fuerzas armadas y las altas inversiones económicas en armamento y equipo de inteligencia, la violencia no se detiene. Todos los días mueren personas y el temor prevalece.
Lo que vimos en años pasados fue una lucha incesante entre el gobierno y algunos grupos del crimen organizado, teniendo en medio del conflicto a una sociedad en pánico y sin capacidad de respuesta.
Hoy la situación es distinta y, aunque los llamados grupos de autodefensa existen desde hace tiempo, la relevancia que sus posturas y acciones han tomado de manera reciente deben ser motivo de una reflexión más profunda.
El hecho de que los ciudadanos estén tomando las armas no es una realidad exclusiva de Michoacán o Guerrero. De hecho, ya en varios estados del país se ha detectado la presencia y organización de este tipo de grupos.
El acoso, el asalto, el robo, la extorsión y el secuestro han provocado que miles de ciudadanos decidan tener un arma de fuego en casa, propiedad o negocio, con la intención de tener algo con que defenderse y, así, sentirse más seguros.
Mucho se ha hablado de los grupos de autodefensa recientemente, desde los que están en su contra y hasta los que justifican sus acciones, pero es importante considerar que esta situación también puede representar síntomas de problemas más graves, dolorosos y profundos.
Ante el ambiente de violencia, inseguridad e impunidad que agónicamente crece o se transforma en México, nos estamos acostumbrando a la violencia como vía para solucionar conflictos o situaciones, justificando el uso excesivo de la fuerza e incluso la muerte contra aquellos que creemos la merecen.
Hoy, es común que ciudadanos cansados del acoso, hostigamiento y abuso por parte de los criminales decidan hacer valer la justicia por sus propias manos y, aunque se ha convertido en tema recurrente, incluso por los medios de comunicación, lo hemos dejado pasar pensando que se resolverá por sí solo.
En los últimos años es frecuente encontrarse con situaciones donde pobladores han linchado, quemado, golpeado e incluso asesinado a ladrones, secuestradores y extorsionadores. Hechos inequívocos de la palpable ausencia por parte del Estado, de la poderosa y multiplicadora red criminal y del cansancio de millones de ciudadanos.
Ésas son las otras autodefensas, las que no están organizadas y que en muchas ocasiones no tienen armas. Las mueve el hartazgo, el coraje y la desesperación de verse solos y amenazados.  Ésas son las otras realidades: armarse hasta los dientes con palos, piedras y fuego, apostando todo a tomarse la justicia por cuenta propia.
Además de estos casos, desde hace tiempo se ha incrementado el número de civiles que cuentan con un arma de fuego en su poder, ya sea de manera legal o ilegal. Asimismo, también han aumentado los empresarios, políticos y sus respectivas familias, que todos los días salen de su casa con un arma de fuego en su vehículo o con guardias que las portan.
El problema es mayúsculo, hoy hemos puesto atención en lo que pasa en Michoacán, pero en muchas otras regiones del país está pasando exactamente lo mismo, sólo que con manifestaciones distintas. El miedo se ha convertido en un catalizador de más violencia.
Aparte del urgente trabajo que se tiene que hacer en Michoacán, el gran desafío del gobierno es lograr acercarse a donde están surgiendo grupos de esta naturaleza o donde los ciudadanos viven con el miedo de perder todo lo que tienen y deciden defenderse con lo que pueden.
Negocios prácticamente blindados para evitar ser asaltados; colonias que han sido amuralladas por los propios residentes; y dueños de pequeñas empresas que simplemente no pueden poner un pie en su establecimiento por el miedo de ser secuestrados o extorsionados. Ésas son las otras formas de defenderse.
La justicia por cuenta propia y las armas bajo la almohada, guardadas en un cajón, en el armario o bajo el mostrador de algún negocio, hoy en día, representan que el Estado no está cumpliendo con una responsabilidad primaria: garantizar la seguridad de todos sus ciudadanos.

viernes, 7 de febrero de 2014

Aquí vamos otra vez: El fracaso de los planes antisecuestro

El secuestro se ha convertido en uno de los delitos más graves en México, en los últimos años los casos se han incrementado de manera alarmante, y desgraciadamente, lejos de vislumbrarse una solución real, lo que históricamente ha existido sólo son analgésicos para calmar tanto dolor.
Noé Alí Sánchez Navarro / @noesanz
Muchos podrían pensar que las principales víctimas de secuestro son grandes empresarios, funcionarios públicos o personas con grandes ingresos económicos, pero la realidad es otra. Los últimos años hemos sido testigos de que el más afectado por este delito es el ciudadano común, los comerciantes, dueños de pequeñas empresas y profesionales.
Después de la prolongada crisis de inseguridad y violencia que México viene padeciendo, quedó al descubierto que el secuestro ya no es un delito que trastoque sólo a las clases altas y que se dé en forma aislada. Hoy, es una violación a la libertad que crece como negocio, se mueve rápido y afecta a miles.
La diferencia del secuestro con las otras formas de sufrir la violencia, es la huella que deja en aquellos que la viven directa o indirectamente ya que en el hecho, no sólo está relacionada la víctima, un ataque de esta naturaleza deja secuelas en familiares y amigos.
El año pasado, el INEGI hizo públicos los resultados obtenidos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (Envipe 2013). Según la encuesta, durante el 2012 se realizaron 105.682 secuestros en México.
Quizá los resultados obtenidos por dicha encuesta puedan parecer escandalosos y lejos de la realidad, pero lo que es un hecho es que el número de secuestros ha aumentado de manera considerable en los últimos años, particularmente en la última década.
Según cifras de asociaciones como “Alto al Secuestro”, los números de plagios van a la alza, del 1 de diciembre de 2012 al 31 de diciembre de 2013, se registraron un total de 2.754 casos.
Hace algunos días, el gobierno federal anunció un nuevo plan para disminuir el secuestro, denominado: “Estrategia Nacional Antisecuestro”, la cual se sintetiza en un decálogo de acciones que tienen como principal eje la capacitación y fortalecimiento de las unidades de inteligencia que luchan contra este crimen.
El problema es tan delicado que, este nuevo plan se convierte en el cuarto consecutivo implementado desde el gobierno federal, es decir, desde 1994 cada presidente de la República ha efectuado una estrategia de este tipo.
Está por demás decir que el hecho de que los planes antisecuestros se replanteen cada seis años, es reflejo del rotundo fracaso del proyecto anterior. En México, en lo relacionado a secuestros, estamos igual o peor que hace 20 años.
No es malo que el gobierno se preocupe y busque atender uno de los males que más aqueja a los mexicanos, porque finalmente el secuestro es sólo una de las aristas del clima de inseguridad e impunidad que sigue prevaleciendo en muchas regiones del país.
Lo que sí es preocupante es que se piense que este delito no tiene relación con otros que se siguen cometiendo día a día, por ejemplo: las extorsiones y secuestros express, que en muchas ocasiones se realizan desde los centros penitenciarios, es decir, ante la complacencia de las mismas autoridades.
Ojalá que en este otro plan, se consideren todas las fallas de las estrategias anteriores, asomarse a la memoria y a la historia siempre ayuda, porque si éstos no funcionaron es porque en cada plan hubo ausencias fundamentales que imposibilitaron la ejecución del mismo.
De esas grandes ausencias y fallas, creo que una de las más notorias, es que la ciudadanía no confía en las autoridades, el hecho de que las víctimas de secuestro, robo, y/o extorsión decidan no denunciar, es un claro síntoma de que la sociedad se siente más vulnerable e insegura al hacerlo que al quedarse callada.
Es indispensable que el plan no se quede sólo en un decálogo de buenas intenciones, la parte operativa de dicho proyecto debe tener como prioridad la voluntad de ayudar y servir.  En muchos de los casos, las horas más difíciles de los familiares de las víctimas se encuentran ante la inoperancia e indiferencia de las autoridades, razón por la cual, muchos deciden ser ellos mismos quienes negocien con los plagiarios.
Otra cosa que me parece muy importante es que el hecho de empezar con un nuevo plan no debe dejar en el olvido a quienes se fueron víctimas de secuestro, y de los cuales, muchos ni siquiera fueron buscados.
El reciente plan da una nueva oportunidad para que el gobierno entienda y recapacite, no se trata sólo de invertir millones y millones de pesos en seguridad, ante la escalada del secuestro y los fracasos anteriores, está claro que hay cosas que el dinero no puede adquirir: La tranquilidad para los ciudadanos, el consuelo para las víctimas y la voluntad de los servidores públicos.
Aquí vamos otra vez, a empezar de nuevo, a romper el estigma del fracaso de un México que se resiste a ser secuestrado.

viernes, 31 de enero de 2014

Indocumentados: Los huérfanos de México.


No es un secreto, todo el mundo sabe que un gran número de mexicanos vive en Estados Unidos, y que muchos de ellos lo hacen de manera ilegal. Millones de familias se encuentran divididas por el llamado “sueño americano”, mientras unos se van a buscar mejor suerte, otros se quedan a la espera de un regreso que posiblemente no llegará.
Noé Alí Sánchez Navarro / @noesanz
El caso de Edgar Tamayo, el mexicano acusado de homicidio y ejecutado en Estados Unidos hace algunos días, generó gran controversia y sacudió a la sociedad. Los medios brindaron una amplia cobertura, y algunos políticos y líderes sociales hicieron pública su indignación, pero fue demasiado tarde.
La historia de Tamayo deja entrever una herida que lejos de sanar y encontrar remedio, se agrava y profundiza más, es la realidad en la que viven muchos mexicanos, que ante las pocas o nulas oportunidades de desarrollo económico, decidieron ir en busca del “sueño americano”.
Desde hace muchos años, México se ha venido convirtiendo en un país que exilia a sus ciudadanos, y desgraciadamente, la sociedad parece haberse acostumbrado a ello. Hoy en día, ya no se trata sólo de aquellos que se han ido con la intención de conseguir un mejor empleo. Ahora, también hablamos de los miles de desplazados, que a consecuencia de la violencia y la inseguridad que se vive en la mayoría de los estados, han tenido que buscar refugio en el vecino país.
Los números, aunque parezcan fríos, permiten tener una ventana de lo que representa este fenómeno social. Según las estadísticas, en Estados Unidos viven aproximadamente 12 millones de personas en calidad de indocumentados, y la mayoría de ellos son provenientes de México.
Es una realidad que la sociedad migrante cada vez enfrenta ambientes y problemas más complejos y hostiles, principalmente en materia de derechos humanos. En el caso de los mexicanos que radican como ilegales en Estados Unidos, viven bajo el peligro inminente de ser deportados, situación que representaría separarlos de sus familias y dejarlos a su suerte.
Los casos no son menos, basta con asomarse a lo que publican los medios latinos y los mismos testimonios de los indocumentados, para darse cuenta que las cosas no han mejorado, al contrario, prevalece el abuso, la discriminación, la desigualdad y en muchos casos la violencia hacia los migrantes.
Hay con frecuencia un serio enjuiciamiento hacia el gobierno de los Estados Unidos por la situación que viven los indocumentados, y aunque definitivamente existe responsabilidad, creo que también tendríamos que pensar en lo que en México (no) estamos haciendo para que cada año, miles y miles decidan irse convencidos de no regresar.
Los mexicanos que se fueron no lo hicieron por gusto, y aunque los motivos puedan parecer muchos, la realidad, es que todo se centra en la falta de oportunidades, la desigualdad y la marcada pobreza que  encuentran en sus lugares de origen.
Convencidos de que conseguirán un ingreso económico mayor que en México, se van a sabiendas de que difícilmente van a regresar, pero tristemente, también lo hacen totalmente convencidos de que aquí, en México, no caben más.
Para muchos de ellos, lo ilegal se ha convertido en lo cotidiano, acostumbrados a utilizar documentos falsos para poderse mover con relativa tranquilidad, desde licencias de manejo hasta pasaportes, construyendo una nueva identidad en la que está totalmente prohibido decirse o parecer mexicano.
Aunque pudiera parecer que los que viven en esas circunstancias llevan una vida normal y serena, es un hecho que la ilegalidad y clandestinidad fracturan la libertad. A esto hay que añadir que al dejar su lugar de origen e imposibilitados para volver, el lazo familiar termina por verse seriamente quebrantado.
El flujo constante de mexicanos pretendiendo entrar a Estados Unidos, que incluso para hacerlo ponen en riesgo su vida, al intentar cruzar el río o enfrentar las inclemencias del desierto, pone de manifiesto que México no es patria para todos sus hijos. 
Desgraciadamente, también como sociedad, nos hemos acostumbrado a que algunos se tienen que ir, haciéndonos a la idea de que no todos cabemos en este país. Y así, le abrimos la puerta trasera a millones de generaciones que no encontraron su lugar aquí y se fueron sin tener boleto de regreso.
El precio del “sueño americano”, se paga con la libertad, la familia y en muchas ocasiones hasta con la vida. Al perseguir ese sueño, la culpa no es sólo de los que se van; de las tragedias al cruzar la frontera y de los huérfanos de la patria, todos tenemos cierta responsabilidad.

viernes, 24 de enero de 2014

Suicidio: El reclamo a la violencia en la desesperanza

Aunque el suicidio ha existido desde hace mucho tiempo, su incremento en los últimos años es una muestra de la crisis social y violencia que venimos padeciendo en México.
Noé Alí Sánchez Navarro / @noesanz
No se trata de hechos aislados y/o circunstanciales, representan un reclamo, la frustración de los sueños y la ausencia de la esperanza.
En México, el suicidio no solo se trata de un problema de salud pública, también es la combinación de otros factores, a los cuales se les ha prestado poca atención, pero que se han convertido en determinantes para las personas que han optado por quitarse la vida como salida de emergencia.
Recientemente, sucesos de este fenómeno social, se han hecho más visibles que hace algunos años. Muchas de las personas que se suicidaron se han despedido o anunciado su muerte utilizando las redes sociales, pero el problema tiene historia,  no por nada, el suicidio  representa una de las primeras causas de muerte entre los jóvenes de entre 15 y 19 años.
Hace algunos días, la Secretaría de Salud dio a conocer que el suicidio ha crecido en un 300 por ciento en las últimas tres décadas, con un promedio de cuatro casos por cada 100 mil habitantes.
Según el informe, el sector de la población más expuesto es el de los jóvenes. El suicidio  en el grupo de 14 a 19 años representa el 10.64% en hombres y 18.11%. En las edades comprendidas entre los 20 y 24 años, el 15.40% son hombres y el 17.34% mujeres y  finalmente, en el grupo de 25 a 29, los hombres representan el 13.73%, y las mujeres el 12.16%.
En México, la Secretaría de Salud estima que anualmente se registran 14 mil intentos.
Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la media de personas que diariamente acaba con su vida es de aproximadamente 3 mil personas, por cada una de ellas que lo logra hay 20 más intentándolo. 
Expertos afirman que cuando las personas logran suicidarse ya han pasado por algunos intentos previos, pero también es importante destacar, que difícilmente se trata de una decisión repentina. En muchos de los casos se trata de una cadena de eventos que provoca el deseo de morir, en ello, va una fuerte carga del contexto en el que viven y se desenvuelven, la realidad es determinante.
Aunque muchos señalan que los principales motivos o causas que llevan al suicidio son: la depresión, la soledad, algún problema familiar o con la pareja, la presión social, la drogadicción y el alcoholismo,  el ambiente social también se ha convertido en un elemento determinante que provoca tomar una decisión de esa magnitud.
Ese contexto social se engloba en la desesperanza, es decir, en la pérdida del sentido de la vida, donde van implícitos factores como el desempleo, la pobreza, la injusticia, la falta de oportunidades y la violencia, situaciones que a la larga han generado un ambiente asfixiante y sumamente desalentador. 
Desde principios de este siglo, México enfrenta un fuerte crecimiento en índices de inseguridad y violencia, éstos se han prolongado y agudizado en los últimos seis años. Los homicidios violentos se han convertido prácticamente en cosa de todos los días. 
Sumado a los homicidios a causa de la inseguridad, también se han incrementado otras formas de ejercer y padecer la violencia que han crecido a la sombra de la inseguridad y la impunidad. Por ejemplo: La violencia doméstica, los asaltos, la extorsión y las violaciones sexuales.
Es innegable que la violencia ha sacudido al país, generando un clima donde predomina el miedo y se traza una corta expectativa de vida. La violencia trastocó las formas de socializar y convivir, nos ha hecho profundamente individualistas, temerosos del otro y solitarios.
Ciertamente la tristeza, la depresión y la frustración pueden ser elementos claves para hablar del suicidio, pero la época reciente, en donde el incremento de la violencia social ha ido a la par de las personas que se han quitado vida, es un foco rojo al cual se debe prestar mayor atención.
El suicidio no se trata de un hecho totalmente individualista, al menos no si lo vemos desde sus causas. También es reflejo de que como sociedad algo estamos haciendo mal, es una proyección de nosotros mismos que lleva un reclamo en contra de la violencia que todos padecemos.
Aunque la construcción suicida es sumamente compleja, ante la realidad que vivimos es importante considerar que, la violencia, la inseguridad, la injusticia, la pobreza y la impunidad son factores que engendran la desesperanza, y justo ahí y en el terreno de lo incierto, hay una puerta llamada: suicidio.
Lo planteo en otra dimensión, dada la situación que vive el país, si México fuera un individuo estaría al borde del suicidio.